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Colección Q  







El rompecabezas

Txabi y Manu Arnal Gil & Roger Olmos
15,50 € | 978-84-9871-388-6
48 págs. | cartoné | 22x28 cm |
junio 2012

El hombre del rompecabezas se sentaba frente al puzle y cambiaba alguna pieza de sitio, añadía o eliminaba otras… Jugaba con la vida de todo el pueblo. Transformaba alegrías en penas, penas en condenas…
 
 
Con este planteamiento inquietante, los hermanos Txabi y Manu Arnal Gil nos sumergen en la realidad asfixiante de un pueblo atemorizado, cuyos habitantes están a expensas del capricho del hombre del rompecabezas, un ser tirano y mezquino que endurece su corazón desayunando a diario un tazón de café con una cucharada de hiel.
 
El puzle se convierte en una apropiada figura simbólica con la que representar el despotismo absoluto al que está sometido el pueblo (las piezas). Los habitantes del lugar son criaturas desvalidas. Sus designios están manejados al antojo de un ser superior, amo y señor de sus vidas, que cuenta con total impunidad.
 
Todos temían al hombre del rompecabezas. Nadie levantaba la voz contra su señor. En una ocasión, la señora Lucía protestó y de su tejado saltó una teja. La pobre mujer llegó al camposanto a lomos de un viejo asno.
 
Para dar vida a este ser ruin y trasladar a imágenes el desasosiego vital de un pueblo sometido y atemorizado, las ilustraciones de Roger Olmos no podían ser más acertadas, a pesar de la escasa información de partida de la que dispuso: no contaba con ninguna descripción física del personaje.
 
“Me encanta poder partir de cero”, argumenta con valentía el ilustrador catalán, la misma con la que se ha enfrentado a su primera colaboración para la colección Q (dirigida a niños a partir de 8 años).
 
Así, en este álbum ha probado “algo diferente al resto”. El ilustrador ha trabajado una superficie con una textura especial, para luego ilustrar sobre ella, y ha logrado unos tonos y atmósferas “que no había logrado antes”, siempre en óleo y un retoque final en digital.
 
Ilustrador y escritores han aportado, en sus respectivos campos, una original propuesta sobre un tema casi inherente a la condición humana y que, a lo largo de la historia, ha tenido en la literatura uno de sus mejores altavoces de denuncia: el abuso de poder.
 
No obstante, el relato va más allá de la denuncia. El rompecabezas es también un relato que advierte de la existencia de una justicia poética, ese castigo que consiste en pagar con la misma moneda el daño realizado.
 
Las piezas del puzle (los integrantes del pueblo) empiezan a tener vida propia y a mostrar autonomía para, tomando forma de cabra (animal de carácter), hacer frente a su verdugo: Una soleada mañana, tras una noche ventosa, el hombre del rompecabezas se encontró con una extraña sorpresa: el puzle no mostraba el pueblo, sino el rostro de una cabra.
 
De este modo, logran que su opresor sienta el mismo desasosiego y temor que él generaba con sus acciones maliciosas e inesperadas. La unidad de todo el pueblo es la base del triunfo (como en Fuenteovejuna, de Lope de Vega). Es, por tanto, también un alegato a favor de la rebelión ante la tiranía e injusticia.
 
Manu Arnal reconoce que la historia empezó a coger forma durante una etapa en la que estaba “muy pendiente” de todo lo que estaba ocurriendo en las calles con el movimiento de indignación ciudadana, bautizado como 15M. Su hermano admite haber plasmado en este libro, una metáfora de la sociedad actual, “donde todos somos piezas que debiéramos encajar de forma equilibrada, sin privilegios, teniendo en cuenta el bienestar del resto”.
 
“Desgraciadamente, son demasiadas las personas que se autoproclaman señores del rompecabezas y deben saber que el poder reside en la voluntad de cada una de las piezas (el pueblo), y no en la suya propia. ¿Y qué simboliza el movimiento autónomo de las piezas sino la mismísima revolución?”, proclama Txabi Arnal.
 
Para representar esta carga simbólica negativa que encierra el señor del rompecabezas, Roger Olmos optó por un ser con ropas oscuras y remachadas; aspecto despreciable y rostro escondido, “quizás por alguna deformidad”. El artista decidió dotarlo de tentáculos y ligarlo a un brazo mecánico con el que se ayuda para desplazarse. “Es como un cordón umbilical que le une a su torre, que forma parte de él, así como todos los seres que van apareciendo a su alrededor, experimentos medio orgánicos y mecánicos que él mismo ha creado”, explica.
 
En cuanto a su antagonista, la cabra, Olmos consideró “interesante” que en cada una de sus apariciones fuese ganando cuerpo. Si al principio son piezas del puzle con forma de carnero, al final ya está casi completa, “aunque por sus venas, lo que circula es hiel”, destaca como una información narrativa visual no explicitada en el texto. Al igual que las moscas, que cuentan con una presencia importante en cada aparición de la cabra, como si formasen parte del animal.
 
“Son una señal, ya que son los insectos de la muerte”, indica el ilustrador, quien para remarcar la importancia de esta connotación ha buscado un efecto 3D, “incluso hay una que se ve saliendo del papel”. De ser así, seguro que un lector logra atraparla, tal y como consiguen la historia e imágenes de este álbum.
 
 
Texto de Txabi y Manu Arnal Gil
Ilustraciones de Roger Olmos

+ 7 años
También disponible en: GL
 
 
 

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